Cuando el talento incomoda: invisibilización académica y abuso de autoridad en las instituciones de educación superior






El celo profesional, las relaciones de poder y la paradoja de silenciar a quienes deberían representar la mayor riqueza intelectual de una universidad.

Artículo de divulgación científica | Educación superior, ética y gobernanza universitaria | noviembre de 2026 Dra. Maribel Núñez Méndez

Introducción: cuando brillar se convierte en una amenaza

Una universidad debería ser el lugar donde el conocimiento encuentre libertad para crecer, donde las ideas se confronten con argumentos y donde el talento sea reconocido como patrimonio colectivo. Sin embargo, existe una paradoja inquietante: en algunas instituciones de educación superior, la brillantez académica, lejos de celebrarse, puede convertirse en motivo de incomodidad para quienes ejercen posiciones de autoridad.

No siempre se trata de persecuciones evidentes ni de confrontaciones abiertas. A veces, la invisibilización comienza con pequeños gestos: una contribución que no se reconoce, una propuesta que nunca llega a discutirse, una exclusión injustificada de espacios de decisión o una trayectoria profesional que parece perder valor ante los ojos de quienes tienen la responsabilidad de promoverla.

Lo preocupante es que estas prácticas pueden esconderse detrás de discursos institucionales sobre calidad, gobernanza, disciplina y cumplimiento normativo. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué sucede cuando la autoridad, llamada a proteger el desarrollo académico, termina convirtiéndose en un instrumento para limitarlo?

El celo profesional: cuando el mérito ajeno se interpreta como una amenaza

El celo profesional es una expresión de inseguridad que puede surgir cuando los logros de otra persona se perciben como una amenaza al reconocimiento, la influencia o la posición que se ocupa. En el ámbito universitario, esta situación adquiere especial relevancia porque el prestigio intelectual constituye una fuente importante de legitimidad.

Conviene precisar que no toda diferencia profesional ni toda decisión desfavorable responde a celos. Sin embargo, cuando las decisiones se apartan sistemáticamente de criterios objetivos y parecen orientarse a reducir la participación o el reconocimiento de determinados académicos, resulta necesario examinar las relaciones de poder que las sostienen.

Coates (2024), en Higher Education Quarterly, identifica siete dimensiones de las culturas académicas tóxicas, entre ellas el liderazgo perjudicial, la intimidación, la manipulación de procedimientos institucionales y la utilización del propio trabajo como mecanismo de presión. Su análisis permite comprender que el abuso no siempre procede de una conducta aislada, sino que puede incorporarse a la manera habitual de gestionar una institución.

Desde esta perspectiva, el problema deja de ser exclusivamente interpersonal. Cuando una organización permite que las rivalidades profesionales condicionen sus decisiones, convierte las debilidades individuales en prácticas institucionales.  Y una universidad que necesita disminuir el brillo de algunos para preservar la autoridad de otros comienza a perder su esencia.

De este modo, la invisibilización no consiste únicamente en ignorar a una persona. También implica desconocer sus aportaciones, minimizar sus resultados, restringir sus oportunidades o excluirla de espacios donde su experiencia podría contribuir significativamente.  Sus manifestaciones pueden ser sutiles: omitir el nombre de quien desarrolló una iniciativa, negar oportunidades de representación sin criterios transparentes, desacreditar propuestas sin examinarlas o aplicar exigencias de manera desigual.

Hodgins et al. (2024), en una revisión publicada en el International Journal of Environmental Research and Public Health, examinaron 140 publicaciones sobre intimidación y acoso laboral en instituciones de educación superior. Los autores destacan la importancia de las relaciones de poder y de las características organizacionales para comprender por qué estas conductas aparecen y persisten.

Esta investigación dialoga con el planteamiento de Offer et al. (2023), quienes, desde Communications Psychology, advierten sobre la ignorancia deliberada frente al acoso académico. Su reflexión resulta especialmente significativa: el problema no se limita a quienes ejercen comportamientos perjudiciales, sino que también involucra a quienes, pudiendo intervenir, prefieren no reconocer lo que ocurre.

De ahí que el silencio institucional no siempre sea neutral. En determinadas circunstancias, puede convertirse en una forma de consentimiento.  Invisibilizar el talento no elimina su existencia; únicamente revela la incapacidad de una organización para reconocerlo.

Esto nos lleva a mencionar dos conceptos esenciales: La autoridad y el autoritarismo.  La autoridad académica es necesaria. Las universidades requieren normas, estructuras de gestión, mecanismos de evaluación y responsabilidades claramente definidas. Sin embargo, ejercer autoridad no equivale a imponer obediencia incondicional.  La autoridad legítima se sostiene en la competencia, la justicia, la coherencia y el respeto. El autoritarismo, por el contrario, aparece cuando el poder se utiliza para controlar, intimidar o silenciar las diferencias.

Stawnychko y Rafi (2026), en un estudio publicado en Educational Management Administration & Leadership, examinan cómo las asimetrías de poder contribuyen a mantener comportamientos irrespetuosos dentro del liderazgo académico. Sus hallazgos, basados en entrevistas con trece líderes universitarios, muestran que estos comportamientos no pueden comprenderse únicamente desde las características individuales, pues intervienen factores culturales, organizacionales y estructurales.

Este planteamiento permite cuestionar una creencia frecuente: que ocupar una posición jerárquica garantiza superioridad intelectual o moral.  Un cargo confiere responsabilidades y atribuciones, pero no convierte automáticamente a quien lo ocupa en referente académico. Del mismo modo, carecer de una posición directiva no disminuye el valor del conocimiento, la producción científica ni la trayectoria de un profesor o investigador.

La universidad necesita administradores capaces de gestionar y académicos capaces de producir conocimiento. Ambas funciones son importantes, pero ninguna debería utilizarse para deslegitimar a la otra.  El verdadero liderazgo universitario no necesita competir con el talento que dirige; necesita crear condiciones para que ese talento se multiplique.

Las normas institucionales deben garantizar equidad, transparencia y convivencia. No obstante, pueden perder su legitimidad ética cuando se aplican selectivamente, se interpretan con arbitrariedad o se utilizan para sancionar diferencias personales.

Coates (2024) advierte que la manipulación de sistemas, estructuras y procesos constituye una dimensión de las culturas académicas perjudiciales. Esta observación obliga a distinguir entre el cumplimiento legítimo de una disposición y su utilización como mecanismo de presión.

Una institución puede cumplir formalmente sus procedimientos y, aun así, actuar de manera injusta si desconoce la proporcionalidad, las circunstancias particulares, la igualdad de trato o la dignidad profesional.  La gobernanza universitaria no debería reducirse a verificar quién obedeció una instrucción. También debe preguntarse si las decisiones fueron razonables, si respetaron el debido proceso y si contribuyeron realmente a los fines educativos.

Cuando las normas dejan de proteger a las personas y comienzan a utilizarse para demostrar poder, la institucionalidad corre el riesgo de convertirse en una estructura vacía de humanidad.

Tomando en cuenta todo lo antes descrito, es preciso recalcar que la invisibilización académica no perjudica únicamente a quien la experimenta. Sus consecuencias alcanzan a los estudiantes, los equipos de investigación y la propia institución.

Cuando un académico competente percibe que sus aportaciones son sistemáticamente desestimadas, puede disminuir su participación, abandonar iniciativas innovadoras o buscar espacios donde su trabajo encuentre mayor reconocimiento.

Goodboy et al. (2022), en una investigación realizada con 503 profesores universitarios, encontraron relaciones entre las exigencias psicológicas del trabajo, el estrés ocupacional y las experiencias de intimidación laboral. También identificaron la importancia del apoyo de los supervisores y del control sobre las propias responsabilidades.

Por su parte, Keashly (2023), en FEBS Letters, sostiene que las universidades tienen la responsabilidad de proteger a sus académicos frente al acoso, no solamente por razones laborales, sino también para preservar la libertad académica y la producción del conocimiento.

Estas investigaciones conducen a una reflexión fundamental: ¿cuántas iniciativas científicas, propuestas pedagógicas y oportunidades de transformación se pierden cuando las instituciones permiten que las rivalidades personales prevalezcan sobre el mérito?

El daño más profundo no siempre aparece en los informes institucionales. A veces se encuentra en las ideas que nunca llegaron a desarrollarse, en los proyectos que fueron abandonados y en las voces que aprendieron a guardar silencio para evitar consecuencias.

Hacia una universidad que no tema al talento

Superar estas prácticas requiere algo más que declaraciones institucionales sobre ética y respeto. Exige transformar las maneras de ejercer el liderazgo, reconocer los méritos y resolver los conflictos.  Es necesario establecer criterios transparentes para la participación académica, garantizar procedimientos imparciales, fortalecer los mecanismos de protección frente a represalias y evaluar a quienes ejercen autoridad no solamente por sus resultados administrativos, sino también por la calidad humana de su gestión.

Asimismo, resulta indispensable comprender que el desacuerdo académico no constituye una falta de lealtad. Cuestionar una decisión, proponer alternativas o defender una posición sustentada forma parte de la naturaleza crítica de la universidad.  Una institución intelectualmente madura no exige unanimidad; promueve el diálogo argumentado.

El verdadero desafío consiste en construir comunidades donde el reconocimiento no sea interpretado como una competencia por el protagonismo, sino como una oportunidad para el crecimiento compartido.

Para finalizar, hago alusión a que hay una diferencia profunda entre dirigir una institución y pretender controlar el valor de quienes la integran.

Las posiciones de autoridad son temporales; las contribuciones al conocimiento pueden trascender generaciones. Por eso, cuando un académico es reducido al silencio mediante prácticas de exclusión o decisiones arbitrarias, no solamente se compromete su dignidad profesional: también se debilita la misión educativa de la institución.

Ninguna universidad debería sentirse amenazada por la excelencia de sus profesores. Por el contrario, tendría que preocuparse cuando sus académicos dejan de proponer, investigar, cuestionar y crear.  El talento auténtico no necesita disminuir a otros para demostrar su grandeza. Tampoco debería verse obligado a ocultarse para preservar la tranquilidad de quienes ejercen el poder.

Quizás la verdadera medida de un liderazgo académico no esté en cuántas personas obedecen sus decisiones, sino en cuántas consiguen desarrollarse plenamente bajo su responsabilidad.  Porque, al final, una universidad no demuestra su grandeza por el poder que ejerce sobre sus académicos, sino por la libertad, la dignidad y las oportunidades que les ofrece para alcanzar su máximo potencial.

Referencias bibliográficas

Coates, T. K. L. (2024). Academic abuse: A conceptual framework of the dimensions of toxic culture in higher education and the impact on the meaning of work. Higher Education Quarterly, 78(4), e12536. https://doi.org/10.1111/hequ.12536

Goodboy, A. K., Martin, M. M., Mills, C. B., & Clark-Gordon, C. V. (2022). Workplace bullying in academia: A conditional process model. Management Communication Quarterly, 36(4). https://doi.org/10.1177/08933189221103625

Hodgins, M., Kane, R., Itzkovich, Y., & Fahie, D. (2024). Workplace bullying and harassment in higher education institutions: A scoping review. International Journal of Environmental Research and Public Health, 21(9), 1173. https://doi.org/10.3390/ijerph21091173

Keashly, L. (2023). When faculty are bullied: The unacceptable costs of doing our job and what universities can and should do. FEBS Letters, 597(3), 339–343. https://doi.org/10.1002/1873-3468.14564

Offer, K., Rahwan, Z., & Hertwig, R. (2023). Counteracting deliberate ignorance of academic bullying and harassment. Communications Psychology, 1, Article 38. https://doi.org/10.1038/s44271-023-00044-7

Stawnychko, L., & Rafi, M. (2026). Power and incivility in academic leadership: A multilevel framework for understanding organizational toxicity. Educational Management Administration & Leadership. Publicación anticipada en línea. https://doi.org/10.1177/17411432261430868

 


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