Amigos, ¿quién los necesita?
Nacemos rodeados de personas. En el
transcurso de la vida, vamos encontrándonos con gente que va y viene. Personas
que nos hacen compañía, que nos cuidan, que son nuestros cómplices, y personas
de las cuales aprendemos tanto valores como antivalores.
A medida que nuestra vida va
cambiando, necesitamos amigos. Por eso, en alguna etapa de nuestro andar, solo
buscamos al amigo de las fiestas, el que está dispuesto a recorrer la ciudad de
bar en bar hasta que el sol deja caer su primer rayo de calor. En otras etapas,
necesitamos a los amigos que nos acompañan y apoyan; aquellos a quienes les
contamos nuestros amoríos y fracasos. Esos amigos que harían cualquier cosa
para hacer realidad tus sueños y por los cuales tú estarías dispuesto a dejar
la piel con tal de alegrarlos.
A pesar de saber que contamos con
personas que estarían dispuestas a dejarlo todo por nosotros, a veces nos
invade la soledad y deambulamos como piezas de un tablero roto. Ese sentimiento
aflora cuando notamos el cambio de actitud de nuestros amigos y no podemos
dejar de preguntarnos: ¿qué sucede cuando nuestros amigos no están en la misma
sintonía? ¿Qué pasa cuando sus prioridades ya no coinciden con las nuestras y
deben seguir un orden distinto al que habíamos planeado?
Cuando todos los amigos están en
sintonía, pareciera que la agenda de cada uno ya está preestablecida, con
exactamente los mismos intereses, itinerarios y prioridades. Pero cuando uno de
ellos experimenta tener hijos, hacer vida profesional o dedicarse a los
negocios, es como si el mundo se pusiera de cabeza. En casos como estos, surge
inevitablemente la pregunta: ¿quién necesita amigos?
Sin embargo, son precisamente esos
amigos quienes serían capaces de recorrer toda una ciudad solo para reunirse
contigo. Son ellos los que abandonarían su rutina para apoyarte en medio de una
crisis. Solo esas actitudes demuestran la verdadera amistad: aquella que no
busca beneficios, que da sin esperar nada a cambio, que no te valora por lo que
puedes ofrecer, aunque esté dispuesta a recibir lo que puedas brindar, incluso
esos consejos no solicitados que muchas veces resultan desagradables. Muchos
nos preguntamos si todavía existe ese tipo de amistad, si en verdad estamos
dispuestos a dar sin recibir, y lo más importante: ¿qué tipo de amigo soy
cuando me necesitan?
Es extraordinario no ser juzgado;
hacer una llamada y saber que, del otro lado, alguien contestará sin cuestionar
lo que has hecho y te escuchará el tiempo que sea necesario. El problema es
que, aunque una vez te dijeron que siempre estarían ahí para ti, nunca
contestan cuando llamas. No pueden ayudarte cuando sientes que la soga aprieta
tu cuello, porque, en realidad, la naturaleza egoísta del ser humano no permite
dar desinteresadamente todo el tiempo.
Nuestros problemas nos ahogan y nos
encerramos en una burbuja para protegernos incluso de nuestros amigos. No
permitimos que otros penetren nuestra zona de seguridad y, tal vez
inconscientemente, decidimos no entrar en las vidas de los demás. Así es como
inicia el ciclo de la soledad selectiva. Comenzamos a sentir comodidad en
nuestro espacio, en nuestro tiempo, sin permitir que otros interfieran. ¿Puede
el ser humano sostener esta clase de vida? ¿Acaso no es cierto que, cuando el
trabajo termina y ya no hay mucho qué hacer, quisiéramos tener a alguien con
quien compartir nuestro tiempo?
Necesitamos a esos amigos de la
vida, los que nos ayudan a olvidar las durezas del día a día, que lloran con
nosotros y nos permiten llorar con ellos porque reconocen que solo somos
humanos frágiles, con una coraza de protección que hemos forjado. Son necesarios
esos amigos que saben cuándo estar y también cuándo alejarse si necesitamos
estar a solas.
Del mismo modo, se hace necesario
entender que la amistad no implica dependencia. Somos entes libres, creados
para compartir con otros, para aceptar y también para dejar ir. Después de
todo, lo importante es saber estar y también saber marcharse cuando ya no es
necesario acompañar. Y así, a medida que pasan los años, no solo nos
preguntamos qué clase de amigos tenemos, sino también qué clase de amigos
somos.
Me gusta la gente que posee sentido
de la justicia. A estos los llamo mis amigos…
— Mario Benedetti
Al leer este artículo, me pregunto, qué clase de amigo seré yo para quienes concidero mis amigos
ResponderEliminarSí, es una pregunta que nos hacemos continuamente. La amistad es algo serio; conlleva lealtad, amor incondicional, franqueza y a veces un poco de locura...
ResponderEliminar